Por Constanza Moreira
La “virada” en la elección brasileña a favor de Lula es un hecho político tan inédito en la historia política reciente que todos —los que festejan y los derrotados— quedamos preguntándonos: ¿qué pasó? Y habrá análisis, con más datos y con más teoría. Pero lo primero, lo primero de todo, es que nunca hay que dar la pelea por perdida. La historia se escribe con acción y discursos todos los días, cada día, cada hora.
La victoria de Lula se celebra en el mundo, no solo en Brasil. Pero muy especialmente en América Latina. Es motivo de alivio y distensión para México, para Uruguay, para Guatemala y para los progresismos allende los mares. Los mensajes de presidentes y ex presidentes del progresismo así lo testifican. También los de artistas y personalidades que prestaron su imagen y sus palabras para acompañar este último tramo de la campaña.
En un escenario internacional en el que la ultraderecha avanza y amenaza derechos conquistados, esta victoria renueva la esperanza y demuestra que es posible construir mayorías populares para defender la democracia, contra viento y marea. Y que no somos Sísifo, aquel que empujaba la piedra una y otra vez sin conseguir victoria alguna. Hay montañas, empujaremos la piedra, pero llegaremos, tal vez, al otro lado.
La hazaña de Lula nos deja una enseñanza profunda: ninguna lucha está perdida de antemano y ningún proyecto de transformación se sostiene sin un pueblo organizado, consciente y movilizado.
La lección reciente de Brasil no es apenas sobre democracia ni sobre izquierda; no es un torneo entre ganadores y perdedores (el sinsentido de una competencia electoral sin ideología, que lleva cualquier política al suicidio). Es una lección de soberanía: frente a hombres y gobernantes, y frente a algoritmos sin alma, pero bien munidos de intereses. Este es el primer gran y heroico triunfo de Lula en esta elección: su lucha frente al poder de las grandes empresas y plataformas digitales. Y su capacidad de construir sus propios “ejércitos”, su propia información. E intervenir decididamente en quiénes hablan, qué se escucha, cómo se piensa o de qué se habla.
La campaña digital, impulsada por jóvenes dirigentes y nuevas formas de comunicación, nos muestra algo que ya sabemos: que las redes sociales son un terreno central de la disputa política. Pero también nos muestra que ese es un territorio en disputa y que nosotros, “los sencillos” de Neruda, somos más capaces de convencer, de conmover, que todos los poderosos del mundo. No podemos abandonar la lucha de las redes —la roca de Sísifo—; es posible empujarla, pasarla al otro lado de la montaña o, tal vez, pulverizarla.
La hazaña fue posible también porque los liderazgos no se “crean” ni se producen en grandes agencias mediáticas. Lleva una vida construirlos. Y la vida de Lula fue la vida de la conquista de la democracia en una de las naciones más racistas, autoritarias y desiguales del mundo. Toda la vida de Lula, su larga vida, es la vida de la lucha de millones y millones de brasileños y brasileñas que conquistaron el derecho a comer, a tener un techo y un trabajo, una salud pública y una educación pública. Sobretodo a sentir que tenían tanto derecho a estar ahí como cualquiera. Y a elegir uno de los suyos como presidente. Nada mas ni nada menos.
Dice Lula: «Le debo esta victoria a las mujeres que se rebelaron contra el feminicidio». A las mujeres brasileñas que tuvieron el coraje de levantarse, de alzar la voz y de no resignarse frente a la violencia. A las de la conferencia de Belém do Pará, a las de la Ley Maria da Penha, a las que no permitieron nunca olvidar a Marielle Franco y a las que pusieron la piel y los huesos por cada pedacito de tierra conquistado. A las que sembraron la lucha por tierra de los sin tierra, y defendieron los derechos de la naturaleza, y convencieron a los gobiernos de la izquierda de que la agenda “verde” podía ser tan anticapitalista como la agenda roja.
Hay muchas lecciones para Uruguay. Pero la primera, la primera de todas, es que hay que ser tan valientes como ilustrados. No menos. Decir lo que se piensa y hacer lo que se dice. No menos. Y alzar la voz frente a cada injusticia, y sumarse con otros en los tiempos más duros. E iluminar nuestra parte cuando el mundo se pone muy, muy oscuro. Y no cejar nunca. Y no sentirse Sísifo. Pero sí empujar la piedra y subir la montaña cada día.
Vamos embora, Lula. Que la patria latinoamericana sea una. Como esta ilusión y esta alegría que hoy nos permiten ver que no hay destino manifiesto. ¡Bora Lula!

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