El interregno y sus monstruos

Disputas hegemónicas en tiempos de incertidumbre global

Constanza Moreira y Agustín Daguerre

En la década de 1930, Antonio Gramsci escribía los textos que hoy conocemos como Cuadernos de la cárcel. En una época marcada por la incapacidad de las clases dominantes para sostener su hegemonía y por la dificultad de las clases subalternas para construir una alternativa capaz de ordenar la crisis, Gramsci acuñó la idea de “interregno”: un tiempo histórico en el que “lo viejo muere y lo nuevo no termina de nacer”. Es allí donde aparecen los “fenómenos mórbidos”, o lo que luego se popularizó como los monstruos. Su reflexión surgía al calor de una Europa atravesada por el ascenso del fascismo, la crisis de las democracias liberales y el agotamiento de las reglas surgidas tras la Primera Guerra Mundial.

Todo interregno, dirían Mónica Hirst y Guadalupe González, supone una ruptura con lo preestablecido y la gestación incierta de un nuevo orden. ¿Pero qué orden era ese? En la perspectiva de un militante preocupado por el qué hacer, “lo nuevo por nacer” era la posibilidad de que la crisis orgánica del capitalismo generara las condiciones para su superación. Ello exigía una batalla intelectual y moral capaz de construir una nueva hegemonía.

Casi un siglo después, pareciera que el mundo atraviesa nuevamente un interregno. Y, otra vez, los monstruos campean. Donald Trump es quizás su expresión más visible, mientras que Gaza representa una muestra obscena de una política en la que la fuerza parece no encontrar límite alguno, ni en el derecho —internacional o nacional— ni en actores capaces de oponérsele. Ya no estamos en época de hegemonía, sino de dominación pura y dura. Cuando la persuasión no alcanza, se convence por el garrote.

La construcción permanente de enemigos internos y externos vuelve a ocupar un lugar central en la política contemporánea. Y ya no solamente “en nombre de la democracia”, sino —peor aún— en nombre de una supuesta “civilización occidental” amenazada.

No sorprende que Estados Unidos respalde de forma irrestricta el genocidio en Gaza o amenace con “desaparecer a toda una civilización” en el caso de Irán. Tampoco que reclame a la Unión Europea un aumento sustancial del gasto militar, profundizando una escalada bélica cada vez más difícil de contener. A esto se suma la ofensiva comercial contra distintos países, con grados variables de coerción: con México y Brasil, se negocia; con Venezuela, Cuba o Panamá, se impone. El “bilateralismo a la carta”, como señalan Hirst y González, oscila entre la negociación y la amenaza, pero en todos los casos profundiza —y alienta— una fragmentación latinoamericana cada vez más aguda, como lo muestra la convocatoria al Escudo de las Américas.

El plan supremacista, xenofóbico, antiizquierdas y antiderechos de Estados Unidos pasa a ser de recibo por las derechas locales, cuyos sectores fanatizados y extremistas gobiernan el clima de opinión pública y ganan elecciones. Bukele gobierna en estado de excepción desde hace años. Y, si hay resistencia, como ahora en Bolivia o antes en Ecuador, el estado de excepción pasa a ser la regla. Y no es para menos. Como aprendimos de Hirst y González, América Latina es hoy un gran “laboratorio de control” donde Estados Unidos ensaya sus armas diplomáticas, arancelarias, militares y electorales. Y es por eso que todo tiene una apariencia de ensayo; con sus marchas y contramarchas, sus anuncios desmedidos, sus amenazas, sus invasiones y una ilegalidad tan manifiesta que hace que quienes la aplauden, solo colaboren al deterioro de la democracia y, finalmente, de la política.

En un mundo donde los Estados nacionales tienen márgenes de autonomía cada vez más estrechos, la diplomacia del “amiguismo” —“bedfellows” lo llaman las autoras, algo así como “compañeros de cama”— y la coerción parece imponerse sobre cualquier pretensión de reglas compartidas. Históricamente considerada el “patio trasero” de Washington, la región latinoamericana volvió a ocupar un lugar destacado en la política exterior estadounidense. El secuestro de Nicolás Maduro contra todo derecho internacional, las sanciones y amenazas inhumanas sobre Cuba, la injerencia en procesos electorales y los intentos de disciplinamiento político son solo algunos de estos ejemplos. Estamos frente al pasaje de la hegemonía a la dominación: el poder del hegemón ya no es implícito, sino que se impone por la fuerza, la amenaza y la coacción. Se ve, se siente y se sufre.

Hay un efecto de “vértigo” —acentuado a partir del 3 de enero— que desorienta e impide la reagrupación de fuerzas y las respuestas orgánicas de la región. A ello se suma, según Hirst y González, el “garrote comercial”: si no obedeces, suben los aranceles, lógica a la que nuestro país no es ajeno (como muestran episodios recientes vinculados al portaaviones estadounidense, las presiones para una cumbre con Trump o las bravatas de la oposición para sumarse al Escudo de las Américas). Ese “bilateralismo a la carta” nos deja cada vez más aislados y librados a nuestras propias fuerzas. Sin embargo, todavía existen márgenes de disputa: Uruguay preside la CELAC, hay posibilidades de nuevos triunfos de la izquierda en Brasil y Colombia y, aun en un contexto de avance de las derechas y de agendas “bukelizadas”, buena parte de la ciudadanía latinoamericana sigue identificando a la pobreza como el principal desafío. Al mismo tiempo, el prestigio internacional de Estados Unidos e Israel cae de forma estrepitosa.

El ascenso económico, tecnológico y militar de China alteró profundamente el equilibrio global y tuvo impactos concretos en América Latina. En pocos años, China se transformó en el principal socio comercial de Sudamérica y en uno de los actores centrales en áreas estratégicas como infraestructura, tecnología y transición energética.

Esa transformación geopolítica también comenzó a modificar las percepciones sociales dentro de la región. Los datos de AMLAT Radar 2026 resultan particularmente reveladores. La encuesta, organizada por la Fundación Friedrich Ebert Stiftung (FES) y el Latinobarómetro, y realizada el año pasado en diez países latinoamericanos —incluido el nuestro—, muestra una opinión pública atravesada por la incertidumbre, la impotencia, la desconfianza y el deterioro de la imagen de las potencias occidentales tradicionales. La mayoría de las personas encuestadas considera, además, que “ha comenzado una era de guerras y conflictos”, incluso en una región geográficamente alejada de los principales escenarios bélicos.

El estudio refleja un cambio profundo en la percepción del orden global. Aunque la región se divide respecto a si Estados Unidos atraviesa o no un declive, existe una visión ampliamente negativa sobre el impacto internacional de las políticas impulsadas por Trump. La desconfianza hacia el presidente estadounidense supera ampliamente a la que generan otros líderes mundiales y, por primera vez en décadas, Estados Unidos deja de aparecer como el principal modelo de desarrollo para la región. China ocupa ahora ese lugar, especialmente vinculada al desarrollo tecnológico, científico y educativo, y la Unión Europea conserva cierto prestigio en materia de normas y valores democráticos. El viejo orden unipolar parece haber dejado de existir, pero el nuevo todavía no termina de consolidarse.

En definitiva, el estudio refleja, un siglo después, aquel interregno del que hablaba Gramsci. Los pueblos latinoamericanos perciben el desgaste de la hegemonía estadounidense, el ascenso de China como actor global, la fragmentación del orden internacional y la creciente incapacidad de los organismos multilaterales para contener conflictos y garantizar estabilidad. En ese escenario de transición, vuelven a emerger los monstruos: figuras y proyectos políticos que hacen de la crueldad, el odio y la guerra una forma de gobierno. Los Trump, los Netanyahu y las nuevas derechas radicales no aparecen a pesar de la crisis del orden global, sino justamente como expresión de ella.

Pero los interregnos no producen únicamente monstruos. También abren disputas. Si el viejo mundo efectivamente está muriendo, la pregunta central ya no es solamente qué fuerzas impulsan la barbarie, sino también cuáles serán capaces de construir un horizonte distinto. Y en esa discusión, América Latina tiene todavía mucho para decir.

Columna publicada en semanario Brecha

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