Con mujeres y esclavos ilustrados y valientes, la dialéctica del amo y el esclavo se subvierte.

Este 8 de marzo marcharon miles de mujeres en todos los países del mundo. Yo no estuve aquí, con mis compañeras en la lucha feminista nacional, pero estaba en Guatemala, con mis compañeras en la lucha feminista de todos los días. 

Ví que desde la noche anterior se iniciaba una intensa vigilia, que seguía al día siguiente, con marchas que iniciaban temprano, y se multiplicaban en todo el país. Ellas también marchaban contra la violencia, la igualdad, la dignidad, la paridad. Y yo con ellas.

Este 10 de marzo no quiero volver sobre las consignas y demandas del feminismo en estos días: violencia, cuidados, paridad, autonomía. Hay muchas voces recordándonos siempre que tenemos una lucha compartida, una agenda que trasciende fronteras, una opresión y una desigualdad que nos igualan.

Hoy, quiero empezar atrás, mucho atrás. Quiero empezar por recordar la dialéctica del amo y el esclavo, esa famosa frase que nos viene de Hegel, y que contesta la división y jerarquías más antiguas del mundo: la vieja división entre hombres y mujeres, y entre amos y esclavos.

Debemos a los antiguos el haber formulado tan prístinamente la división entre lo público y lo privado. El mundo público es la política, el mundo privado es el trabajo y la casa. Y eso, en un mundo donde existía política, y donde la política importaba, y era una cosa buena. 

El mundo privado, decía Aristóteles, es el de la producción (los esclavos producen el mundo) y el de la reproducción (las mujeres reproducen la vida).

El mundo público es el de la palabra, la razón, la política y el dominio. 

Ambas esferas deben permanecer estrictamente separadas: las mujeres a la casa, los esclavos al trabajo. Ambos deben construir el mundo material que sostiene el mundo de la política, que es el de los hombres. A no mezclar, diría Platón. Una sociedad sin jerarquías se corrompe, un mundo sin autoridad se degenera, una sociedad donde todo se mezcla es una anarquía. Es necesario mantener cada cosa en su lugar. 

Este sábado 7 de marzo, cuando uno veía la foto de la cumbre en Miami, con todos aquellos hombres decidiendo sobre la suerte de cuerpos, estados y destinos, al mando del Gran Jefe Blanco del Norte, recordé la dialéctica del amo del esclavo. Fue el día anterior al 8 de marzo. Y yo me avergoncé, una vez más, del vasallaje. 

Aristóteles decía que el esclavo era esclavo “por naturaleza”: los amos ponen la inteligencia, y los esclavos ponen el cuerpo. 

Y la mujer es como el esclavo, ya que la única racionalidad que tienen es la razón del hombre, y es por ello que demoraron tanto en acceder al voto, y ya no digamos en salir en la foto de los dueños del mundo.

En las fotos de los dueños del mundo no hay mujeres. Y es por eso que en la Cumbre de Miami hay 12 hombres y tan solo una mujer, y es por eso por lo que Trump recuerda, hablando de estas “estupendas mujeres” como Sheinbaum o Delcy Rodríguez, que unas no saben mandar, y que otras sólo sirven para obedecer. Sí, eso hemos tenido que aguantar en la previa al 8 de marzo.

Y ya que la razón de la existencia de los esclavos y las mujeres se basa en su puro cuerpo, -por mucho que los siglos han pasado- es que nos asombramos de la caída de la tasa de la natalidad, se le niega a las mujeres el derecho al aborto y a los esclavos la lucha por reducir su jornada laboral. Seguimos en la dialéctica del amo y el esclavo, aunque nos neguemos a verlo.

Aprendí de Hegel que en la dialéctica del amo y el esclavo, algún día todo se dará vuelta. Los esclavos descubrirán que son libres, los amos se darán cuenta que no son nada sin los esclavos, las mujeres desarrollarán su razón propia, y los hombres se preguntarán cómo fue que al final del día, y a pesar del dominio, de las armas, de la plata, las mujeres están siendo cada vez más listas, y los esclavos cada vez más sublevados.

Con mujeres y esclavos ilustrados y valientes, la dialéctica del amo y el esclavo se subvierte. Y es por eso que la solución del garrote está a la vuelta de la esquina. Si no se les puede convencer por la razón, siempre se les puede convencer por la fuerza.

La violencia de género es hija de una dialéctica de hombres y mujeres subvertida. El Escudo de las Américas es la solución del garrote frente a la realidad de la sobrevivencia de países que aún se plantan con dignidad frente a la tutela, el vasallaje y la pretensión de dominio del más fuerte. 

Este 8 de marzo quiero recordar a ese electorado femenino que entre la paz y la guerra, como en Colombia, eligió por la paz. Que entre un militar y un obrero, como en Brasil, eligió por un obrero. Que votaron la Constituyente en Chile, y se alzaron contra la baja de la edad de imputabilidad en Uruguay. 

Hoy quiero recordar y recordarnos, que es la lucha feminista la que despertó a las mujeres. Y que una mujer despierta, o un esclavo despierto, subvertirán siempre la dialéctica del amo y el esclavo, con la promesa inacabada de la igualdad. Y la igualdad, como decía Tocqueville, es un sentimiento peligroso: quien la paladea, ya no la puede olvidar. Y es una pasión inquietante en el pueblo menudo, en la gente común, entre los esclavos, entre las mujeres.  

En estos días tan sombríos,  en este mes de marzo: nosotras, en vigilia.

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