Mujeres del mundo; uníos

Este 8M nos encuentra en un mundo que exhibe el horror sin disimulo: genocidios, invasiones, guerras de ocupación, bloqueos que condenan pueblos enteros al hambre. La violencia se vuelve espectáculo cotidiano mientras la política internacional se ordena en clave militar y económica. Y ese “nuevo orden” no es abstracto: quienes deciden, financian y conducen estas guerras son en su enorme mayoría hombres —ricos, blancos, del Norte Global—.

Asistimos a un retroceso de derechos en distintas partes del mundo: se cuestiona la autonomía de las mujeres, se atacan las políticas de igualdad y se busca reinstalar jerarquías que creíamos superadas. Se naturaliza que la concentración de la riqueza conviva con la pobreza extrema, que la raza siga marcando destinos, que los cuerpos de las mujeres y de las disidencias sean territorio de disputa. Y frente a este escenario, el odio se ha convertido en idioma.

En este contexto, se instala la idea de que los avances en igualdad son la causa de las crisis. Que el feminismo “fue demasiado lejos”. Que los retrocesos son culpa de quienes lucharon.

No aceptamos que se nos responsabilice por los daños de un sistema que nunca fue igualitario. El feminismo ha sido una de las fuerzas transformadoras más potentes de nuestras democracias: visibilizó injusticias, amplió derechos y puso en la agenda pública lo que durante décadas fue normalizado y silenciado.

En Uruguay, nuestras demandas son claras y urgentes:

1- La defensa irrestricta de la autonomía sobre nuestros cuerpos, sin retrocesos ni tutelas.

2- La paridad real en la política y en todos los espacios de decisión, porque la democracia no es plena sin nosotras.

3- La autonomía económica para las mujeres, con políticas que enfrenten la feminización de la pobreza y reconozcan el trabajo de cuidados que sostiene la vida.

4- La declaración de la violencia de género como emergencia nacional, que requiere recursos, prioridad política y compromiso institucional efectivo.

En suma, luchamos contra el patriarcado, contra la división sexual del trabajo, contra los estereotipos de género y las discriminaciones, contra el sentido común que los reproduce.

Frente a un orden mundial masculinizado y desigual, seguimos construyendo, desde abajo y en colectivo, otro horizonte posible.

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